Discurso Enrique Santos

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Hace ya más de tres lustros, en 1992, con ocasión del Quinto Centenario, la Sociedad Interamericana de Prensa realizó en España la primera reunión de su historia por fuera del continente americano. Tal vez por eso, asumir la Presidencia de la SIP aquí, en Madrid, en la segunda asamblea que en sus 66 años celebra en este país, resulta algo especialmente comprometedor y emocionante. No sólo por este hecho singular y por el excelente programa y participación que ha tenido esta reunión –que el Rey Juan Carlos enalteció con su presencia–, sino porque me doy cabal cuenta de la responsabilidad que significa presidir la más antigua organización de libertad de prensa del hemisferio occidental. En este momento, y con las tareas concretas que esta posición entraña en la defensa de la libertad de expresión en nuestra región. Y, también, porque me ha hecho reflexionar sobre lo que ha significado para mí, como periodista colombiano, haberme vinculado a la SIP hace 21 años. A través de los cuales he podido constatar la seriedad de su compromiso con una causa que es principio fundamental de la democracia. Nunca olvidaré mi primera intervención en una asamblea como relator de Colombia para libertad de prensa, poco después del asesinato en Bogotá del director de El Espectador, Guillermo Cano, cuando los periodistas colombianos sufríamos el acoso implacable del narcotráfico, que mataba a decenas de colegas al año. Más que la rabia y el dolor con que denuncié estos crímenes, recuerdo la indignación y la solidaridad que encontré en aquella asamblea de la SIP. El asesinato de Cano, en diciembre del 86, demostró hasta dónde es capaz de llegar una mafia empeñada en acallar a los medios. Colombia era en ese momento –y de lejos– el país más peligroso del mundo para ejercer nuestro oficio. Era el caso más aterrador y dramático que se conociera de una prensa bajo el fuego. Pero también fue el ejemplo de cómo reacciona una profesión que se niega a bajar la cabeza: pasando a la ofensiva. La muerte de Cano marcó un punto de quiebre y la primera respuesta colectiva de los medios contra la arrogancia criminal de quienes pretendían imponer la peor de las dictaduras: la del miedo, el silencio y la corrupción. A los dos días de ese asesinato, en una protesta periodística sin precedentes, Colombia entera se quedó durante 24 horas sin prensa, radio y televisión. Un silencio voluntario. Cargado de significado. Para que la sociedad colombiana entendiera lo que representaba la eliminación de sus voceros más honestos. Y poco después, en otro hecho ejemplar y sin antecedentes, todos los diarios y noticieros de radio y televisión nos unimos para divulgar una serie de informes conjuntos y simultáneos sobre los carteles de la droga de Medellín y Cali. En ellos dábamos los nombres de los capos, de sus lugartenientes y de sus conexiones en Estados Unidos; se revelaba el modus operandi de sus negocios y las víctimas de sus crímenes. La prensa colombiana había entendido la seriedad del reto, y unió todas sus fuerzas para enfrentarlo. Y si bien esta aleccionadora experiencia les demostró a los jefes de la mafia que no nos iban a callar, no era suficiente por sí sola para detener al narcotráfico, que sigue hoy causando estragos por doquier. En el informe sobre Colombia que en ese entonces se presentó ante la SIP se decía: “La droga no es exclusivamente colombiana, sino del mundo entero. Y si bien hoy somos nosotros, mañana seguramente serán sus víctimas, la prensa libre de otros países. Esta es una multinacional del delito que no conoce fronteras. Y en la medida en que tampoco las tenga la solidaridad de todos los medios de comunicación del continente, estará de alguna manera preservada la libertad de expresión frente al principal flagelo de estos tiempos”. Al recordar estas palabras, no puedo dejar de pensar hoy en México, tan necesitado de esa solidaridad ante este mismo flagelo. Y por eso quiero en esta noche resaltar que, a lo largo de esa pesadilla del narcoterrorismo que nos tocó vivir; en los 15 años en que me desempeñé como vocero de Colombia en la Comisión de Libertad de Prensa, fui constatando, año tras año, la existencia de esta solidaridad; la seriedad y el compromiso de la SIP en esta tarea. Y la importancia de su apoyo moral o su solidaridad material. Los hechos hablan por sí solos. La ayuda de 1.7 millones de dólares que una campaña de la SIP y de la Asociación de Diarios Norteamericanos obtuvo en aquel entonces para que El Espectador reconstruyera sus dinamitadas rotativas, fue un elocuente ejemplo, en el campo económico, de lo que nuestra organización es capaz de hacer en defensa de sus colegas asediados. Que se expresa en órbitas muy diversas: en todas las campañas contra la censura y la impunidad; en el Proyecto Chapultepec; en la creación de las Unidades de Respuesta Rápida; en la cantidad de seminarios y conferencias; en la preparación de centenares de periodistas –casi mil ya– para reducir sus niveles de riesgo. Me haría interminable si detallara todos los logros de la SIP en su larga lucha por la libertad de prensa. Pero no puedo dejar de mencionar algunos de los más relevantes de los últimos años. Revalorizo el sistema de derechos humanos en materia de libertad de expresión al introducir numerosos casos ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y ser instrumental para que se nombrara un relator especial. Fue la primera organización en realizar decenas de cumbres hemisféricas con legisladores y magistrados para tratar en conjunto el tema de libertad de expresión. Lideró –mediante asambleas, reuniones y misiones especiales- la tendencia actual de aprobar leyes de acceso a la información publica y de despenalización de los delitos de la injuria y calumnia. Todo esto ha sido, en fin, la constatación de una actitud y de una línea de conducta de la SIP. Que para nada correspondía a esa imagen de un elitista club de propietarios de diarios, indiferente al drama de los periodistas del Continente, que algunos sectores propagaban. Bastaba conocer de cerca a la SIP. Y vincularse. Y contagiarse de sus propósitos. Estuve 15 años como Vicepresidente Regional de la Comisión de Libertad de Prensa. Luego, de 2001 a 2003 dirigí el proyecto de Periodistas en Riesgo, y de 2004 a 2006 fui Presidente de la Comisión contra la Impunidad, que considero, sin duda alguna, adelanta una de las tareas más importantes de la SIP. Porque, mientras el crimen contra periodistas no tenga castigo, no se podrá garantizar una verdadera libertad de prensa. La impunidad es la otra cara de la violencia contra nuestro oficio; la que la alimenta y perpetúa. Y en esta campaña por erradicarla hemos avanzando a paso lento, pero cada vez más seguro. Hemos logrado resultados concretos tan significativos como los que fueron reseñados en esta Asamblea. Y me encargaré de que redoblemos esfuerzos en esta dirección. Porque no estamos dispuestos a permitir que la muerte de un periodista sea en vano. Cada uno de ellos, de esos 344 colegas que han sido asesinados en los últimos 20 años en nuestras Américas, ha servido para elaborar estrategias que permitan minimizar la impunidad. Y para que los logros en un país puedan ser proyectados a otros. * * * * Hoy llego, pues, a este cargo, que me honra y emociona, con el irrevocable propósito de profundizar el empeño de la SIP por fortalecer una prensa libre, independiente y digna en nuestro Continente. En una era llena de viejos peligros –los violentos de siempre– y nuevos desafíos –los pacíficos, pero muy profundos, que nos plantea la revolución digital–. Para no hablar de los económico-corporativos. En fin. Las cosas han cambiado. Colombia, por ejemplo, dejó de ser el país más peligroso para nuestro oficio. Pero el narcotráfico sigue matando. Con la misma saña y crueldad, como lo demuestra el caso de México, al cual la SIP le dedicará especial cuidado y atención bajo mi presidencia. Y están, por supuesto, los eternos enemigos que, dentro o fuera del Estado, no toleran una prensa que critique, denuncie o fiscalice. Hoy tenemos que lidiar con nuevas formas de la intolerancia. Más sutiles, menos burdas que las dictaduras militares de antaño que tanto combatimos, pero no menos preocupantes por lo que expresan de la incapacidad de muchos gobernantes democráticamente elegidos para aceptar que el pluralismo de opinión y el derecho a la crítica son pilares esenciales de esa democracia que los llevó al poder. Lo vemos, en mayor o menor grado, a lo largo del Continente. En la Argentina de los Kirchner. En el Ecuador de Correa. En la Bolivia de Morales. En la Nicaragua de Ortega. En la Honduras de Zelaya. En la Venezuela de Chávez, por supuesto. De Cuba, ni hablar. Aun en Colombia, un Presidente que no se puede decir que hostiga a la prensa, se sale de casillas con demasiada frecuencia ante cuestionamientos periodísticos. Todo lo cual seguramente confirma esa eterna, natural y, para mí, saludable tensión dialéctica entre prensa y poder. Que debería fortalecer y no debilitar a la democracia, que ha de ser capaz de aguantar, e incluso de estimular, esta contraposición. Sin ceder jamás a la tentación de suprimirla por incómoda. Porque siempre lo será. Ser un modo de contrapoder debe formar siempre parte de nuestra vocación. Fiscalizar a los poderes públicos y privados en aras del bien común es esencial a nuestra función de voceros independientes y creíbles de la comunidad, hoy desde muchos flancos cuestionada. Tenemos, pues, desafíos desde el pasado, en el presente y hacia el futuro. Que hay que afrontar, simultáneamente, para asegurar la vigencia y credibilidad de los postulados de la SIP en unos tiempos bien complejos para el periodismo impreso. Basta ver, para constatarlo, las dificultades por las que atraviesan grandes diarios del mundo. Particularmente en Estados Unidos, donde la crisis económica de los periódicos es un problema cada vez más preocupante. * * * * Por eso quiero, para ir redondeando, dedicarle unas palabras a lo que nos plantea el futuro. La SIP tiene más de 60 años de seria y respetable trayectoria, pero hoy, más que nunca, debe pensar en los jóvenes. Esa juventud que no lee prensa, que tiene toda la multimedia a su alcance –y la usa–, ¿cómo ve o entiende una organización como la nuestra? ¿Y cómo estamos asimilando nosotros la cada vez más intensa y no poco caótica revolución informativa que ha significado Internet? ¿Cómo estamos respondiendo a los desafíos de la era digital y a los ruidosos sepultureros, que todos los días anuncian no sólo la muerte del periódico, sino de las noticias y del periodismo profesional como tales? Sin unirnos a los pregoneros de la muerte del papel, tenemos que reconocer que nuestra industria, nuestro oficio, está pasando por un delicado período de transición, cuyo hilo conductor es un hilo digital. Nuestro desafío como organización es encontrar respuestas imaginativas a los retos que están enfrentando nuestros periódicos afiliados, que obviamente pasa por la comprensión de fenómenos como YouTube, MySpace, Google, OhMyNews, Wikipedia, etc., etc. Ya es lugar común decir que tenemos que redefinirnos: dejar de vernos simplemente como periódicos y cada vez más como generadores de contenido, sin importar desde dónde lo distribuimos: Internet, dispositivos móviles… de donde sea. Pero no menos importante es encontrar modelos de negocios que paguen por un periodismo serio en un mundo digital. De lo contrario, la migración a la Web puede conducir, como está sucediendo, a un deterioro progresivo en la calidad de un oficio que nosotros sí sabemos hacer, y que debemos defender. Para prosperar en el entorno digital, para seguir siendo relevantes para nuestros lectores y para mantener los valores claves del periodismo como sustento de una sociedad libre y bien informada. Valores que, ante tanto debate ético en boga sobre los medios, hemos actualizado y refrendado en la Carta de Aspiraciones que, tras cuatro años de discusión, fue aprobada en esta Asamblea y que nos compromete con el mayor nivel de transparencia y honestidad profesional, para nunca perder la confianza y respaldo del público, que constituye nuestro máximo tribunal. Creo, en fin, que la SIP –todos nosotros– tenemos que esforzarnos más para que los jóvenes de hoy –nuestros hijos o nietos cibernéticos, que se ufanan de no manipular el papel– entiendan el valor de esa libertad por la que hemos luchado 60 años. Que no se relaciona primordialmente con la de “prensa”, sino con la de información y expresión en el más universal de los sentidos. Concientizar más a las nuevas generaciones en torno del significado de esta libertad en el mundo de hoy, y de la necesidad de defenderla, actualizarla, y nunca darla por sentada, debe ser elemento importante de la estrategia futura de la SIP. * * * * Sea este el momento para agradecer a nuestros anfitriones, al diario El País, a Ignacio Polanco, Ángel Luis de la Calle, a Alex Grijelmo de EFE y demás miembros del comité anfitrión, por la impecable organización de esta asamblea. Y por un programa realmente excelente. Agradecimientos también para las Fundación Knight y McCormick, cuyo generoso apoyo de tiempo atrás ha sido decisivo para sacar adelante muchos de nuestros proyectos. Ya para terminar, quiero comunicar brevemente algunos cambios internos. Una de mis primeras obligaciones ha sido nombrar a los diferentes presidentes de las comisiones y debo agradecer el apoyo de cada uno de ellos, que han aceptado estas responsabilidades. En primer lugar, he nombrado a Bob Rivard del San Antonio Express, de San Antonio como Presidente de nuestra vital Comisión de Libertad de Prensa e Información. Siguiendo la pauta de mi predecesor, Earl Maucker, de adelgazar y racionalizar nuestra organización, evitando duplicidad de tareas, he decidido descontinuar la Comisión de Orientación a Nuevos Socios para integrarla a la Comisión General de Nuevos Socios. Allí he pedido la continuación de Bruce Brugmann como copresidente, junto con Anders Gyllenhaal, editor de The Miami Herald. Dicha comisión tiene la gran responsabilidad de robustecer la membresía de diarios de Estados Unidos, donde la crisis actual nos ha afectado con la renuncia de algunos periódicos. En la misma Comisión, pero en su sector de Latinoamérica y el Caribe, he decidido nombrar como co-presidentes a Sidnei Basile del Grupo Abril de Brasil y a Gilberto Arias del Panamá América de Panamá. Y, como es tradición, anunciaré ahora los nombres de los Presidentes de las demás Comisiones: Chapultepec: Bartolomé Mitre, La Nación, Argentina. Impunidad: Juan Francisco Ealy Ortiz, El Universal, México. Asuntos Internacionales: Jorge Canahuati, La Prensa, Honduras. Premios: Fabricio Altamirano, El Diario de Hoy, de El Salvador. Finanzas y Auditoría: Felipe Edwards, El Mercurio, Chile. Fundaciones: Edward Seaton, Seaton Newspapers, Kansas (Estados Unidos). Comisión Legal: Armando González, La Nación, Costa Rica. Sedes Futuras: José Santiago Healy, Diario de San Diego, California (Estados Unidos). Como también es tradición, el Primer Vicepresidente, Alejandro Aguirre del Diario Diario Las Américas de Miami presidirá la Comisión de Programa, y nuestro ex presidente Earl Maucker, la Comisión de Nominaciones. Finalmente, he nombrado como nuevo presidente de la Comisión de Internet a Luis Alberto Ferré, de El Nuevo Día, de San Juan (Puerto Rico), para darle mayor fuerza a una comisión que representa el futuro del periodismo. Con estos cambios, con el concurso de todos ustedes, con el apoyo invaluable de Julio Muñoz, de Ricardo Trotti y del staff de la SIP; con el de Gina, el de mi hijo Alejandro, aquí presentes, con todos, estoy seguro de que podré adelantar durante el próximo año una intensa y fructífera agenda de actividades. Pero la gran fuerza de la SIP radica en ustedes: sus socios. Y en la convicción expresada en el pasado por tantos grandes lideres de esta organización, que entendieron que el compromiso real con los principios de la SIP es la mejor forma de respaldar el avance democrático en America. Son ustedes los más llamados a hacer prevalecer la fuerza de una prensa libre. Y los invito a ser parte de esta tarea. Muchas gracias.

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